Quiero detener al enarbolado demonio
que hace triza los cuellos y las raíces
en este bosque de espasmos
Quiero que mi boca salvaguarde
nuestras pieles
que no se descosa
que no se disloque
que la niña ya no juegue
en la entraña a arrojar
odios como pelusas gatunas
por la garganta
(todos sabemos lo que
aguanta la garganta)
Díganle a la pequeña rencorosa:
no hay mísera palabra
que salte sobre la mampara
de los labios hacia el páramo
ni el escupitajo onomatopéyico
ha de sucumbir en este acometido
Quiero que mi tronco
imite al del junco que aguanta
pero las astillas entiérranme su espiga
en las costillas marrones
y no hay intento que exista
que me exista
Quise/quería/quiero/quizáquerré
Más el espectro agarrado
con sus dientes de leche
nació también el décimo día
del verano febreresco
y en el ritual
siamés mío se nombró
No se pueden extirpar
las raíces del árbol sin el árbol
No se puede matar al engendro
sin mi hálito
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