Ella estaba parida tristemente
sobre una ola, también recién parida.
Y era su sustancia, de amortiguado rostro redivivo,
como la mano empuñada de rojo.
Y perennemente sola como el signo de su frente.
Ella, y el viento azul, meciéndola como un padre con algo de brutal y algo de amoroso.
Ella tenía asida a su cintura
la acordonada mano del amigo.
Tanta enramada para tanta sangre.
Ella estaba parada como un pequeño invierno sedentario
y en los ojos le bailaba la muerte.
Para existir después de tanta primavera,
ella debió tener un silencio estatuario
en su única arruga frontal.
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