miércoles, 21 de octubre de 2020

Sesenta y dos ñañays

La estrella que hemos regado, 
cual malva rauda que busca la vida 
                         pese al receptáculo 
                que la contiene,
ha dado lumbre a  nuestro andar herbáceo
ha trenzado las cabelleras que nos anteceden
    entretejidas nuestras molleras
 hermanas de la misma duramadre.

Esta estrella que hemos acunado
como a un brote caléndulo
  sucedido en nuestro huerto 
invoca  en voz alta un rezo 
tatuado en parasiempre continuo 
con la sangre de este pálpito 
que humedece la selva acelga
estalla la estrella
naciendo en  la entrepierna 
dentro y fuera de la maceta.

Aquella estrella que hemos armado 
               como a casa eterna 
asentada en el alma
se ha instalado, ruda guardiana, 
sobre las corolas de 
                 nuestra flor violácea
protege el tiempo de
           la mitad de nuestra vida
bajo la hoguera que abrasa los amores 
con la sinceridad de la peregrina.

Nuestra estrella que ha sido  conjurada
cual canto silvestre de zorras en su ñañay
escribe en la memoria 
                                de nuestras ancestras
el poema melifluo 
               de las seis vidas concatenadas
de los mil años que traerán 
no permitirá el olvido 
para este embrujo de buenaventuranza.

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