La estrella que hemos regado,
cual malva rauda que busca la vida
pese al receptáculo
que la contiene,
ha dado lumbre a nuestro andar herbáceo
ha trenzado las cabelleras que nos anteceden
entretejidas nuestras molleras
hermanas de la misma duramadre.
Esta estrella que hemos acunado
como a un brote caléndulo
sucedido en nuestro huerto
invoca en voz alta un rezo
tatuado en parasiempre continuo
con la sangre de este pálpito
que humedece la selva acelga
estalla la estrella
naciendo en la entrepierna
dentro y fuera de la maceta.
Aquella estrella que hemos armado
como a casa eterna
asentada en el alma
se ha instalado, ruda guardiana,
sobre las corolas de
nuestra flor violácea
protege el tiempo de
la mitad de nuestra vida
bajo la hoguera que abrasa los amores
con la sinceridad de la peregrina.
Nuestra estrella que ha sido conjurada
cual canto silvestre de zorras en su ñañay
escribe en la memoria
de nuestras ancestras
el poema melifluo
de las seis vidas concatenadas
de los mil años que traerán
no permitirá el olvido
para este embrujo de buenaventuranza.
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